by Francisco Jimenez.
Todos los días, la violencia nos dará motivos para mover los dedos, tomar lápiz o tocar las teclas y escribir porque parece la única forma de plasmar, de gritar la impotencia frente a tanto malestar.
Es cierto que la población está cansada de asaltos, muertes, violaciones sexuales, pero es igual de verdad que la avalancha de miedo, de pavor arrojada sobre la cotidianidad jamás puede ser obviada.
Cada ser humano que habita este país teme, unos en voz alta, otros desde su silencio expectante, como si de forma permanente salieran las atrocidades a cazar víctimas, como si nadie estuviese exento de caer en sus garras.
La muerte de un niño de cuatro años a manos de dos asaltantes en La Caleta, Boca Chica, es un claro ejemplo de que hace tiempo algo va más que mal.
La rabia de la gente, su enfurecimiento de horda enardecida ante casos como este podrá acabar con los delincuentes pero nunca con la raíz del problema, que está demasiado fijada en un suelo fértil, abonado por la indiferencia, por la dejadez.
